La visita a la escuela fue muy emotiva. Era difícil controlar las emociones. Ver a los niños tan felices y tan próximos fue una experiencia difícil de describir, sobre todo cuando los veía con aquellos uniformes raidos de varias generaciones y sin zapatitos formando en la fila para ir al comedor con sus escudillas de metal y sus vasitos, preparados para comer su platito de maiz, que nos ofrecían amablemente, no pude evitar pensar en los niños que me rodean que tienen todo y que no aprecian nada y les cuesta ser felices. Estos niños se merecen un poquito más y yo creo que debemos intentar darselo.
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